¿Habrá tetralogía de Tubular Bells…?

Mike Oldfield anunció hace algún tiempo la salida al mercado de la cuarta parte de su famosa serie de Tubular Bells. A falta de su cuarta parte, analizamos en esta entrada su famosa trilogía de “discos tubulares”.

Sigue leyendo para descubrir este topic. Tiempo de lectura: 7′

Tubular Bells: The Mike Oldfield Story / BBC
dicen que no hay dos sin tres. ¿Pero tres sin cuatro? Este es un resumen de la historia de una de las trilogías musicales más grandes de TODA la historia del rock (mejor dicho, de la historia del rock progresivo…).

Cuando acabé de grabar la línea de bajo de la primera parte de “Tubular Bells”, me sangraban las yemas de los dedos.

Mike Oldfield, sobre las sesiones de grabación de Tubular Bells de 1973.

Para empezar con nuestra historia, tenemos que retroceder hasta noviembre de 1972, cuando Mike (vamos a tutearle, ya que es un hombre que se presta a ello) comenzó con las grabaciones de uno de los discos clave de toda la historia del rock (no sólo del rock progresivo) y que, apenas sin saberlo, revolucionaría el género y abriría nuevas sendas musicales: el llamado “new age” tiene uno de sus gérmenes musicales en esta obra… Los más allegados a Oldfield durante esa época aseguran que el músico estaba en un estado realmente malo; Tom Newman, uno de los productores del “tubular original” asegura que Mike estaba en un estado lamentable: “era un desastre mental, deambulaba alrededor del estudio casi todo el tiempo con los ojos llorosos…”.

Poco tiempo atrás, Oldfield había tenido un “mal viaje” con el LSD: “creía que iba a morir” ha declarado Mike en numerosas ocasiones desde entonces. Fue cuando se refugió en la música completamente solo y nació Tubular Bells. Empezó a teclear constantemente una frase musical en un órgano Farfisa de la época (la famosa melodía que hizo popular tanto a Oldfield como a la película de William Friedkin, El exorcista). Después vinieron Tom Newman, Simon Draper y Richard Branson, los tecnócratas de Virgin Records con los que Oldfield grabó su álbum en The Manor, entre sesión y sesión.

Tras ello, se desató la locura para Oldfield: 2,7 millones de álbumes solo vendidos en territorio británico y, a día de hoy, 16 millones de álbumes a nivel mundial, cosa que no digirió demasiado bien el bueno de Mike. Todo el mundo lo llamaba para hacer realidad sus proyectos y el músico literalmente los enviaba al cuerno. Su reacción fue no querer oír hablar de Tubular Bells, al menos en diez años…

Cada vez que oía la melodía principal de “Tubular Bells” en películas de terror con gente rodándole la cabeza y vomitando, tenía ganas de regrabarlo para cortar de raíz esta conexión. Realmente no me agradaba…

Mike Oldfield, promocionando Tubular Bells II durante 1992.

Y pasaron casi veinte años y 13 discos de estudio editados con Virgin Records hasta que Mike no se volviera a atrever a tocar sus campanas tubulares… Las cosas con Virgin no acababan de ir demasiado bien: cada disco vendía menos que el anterior y la compañía de Richard Branson presionaba continuamente a Oldfield para que hiciera la segunda parte de su hypermegapopular Tubular Bells. Mike entonces extinguió su contrato y cambió de compañía discográfica fichando por WEA (Warner-Elektra-Atlantic) y, de manera automática lanzó su Tubular Bells II como álbum de presentación con su nuevo sello discográfico.

Entonces, Oldfield volvió a estar en la cresta de la ola, vendiendo dos millones de unidades del disco alrededor del mundo. No obstante, la crítica no acabó de ser del todo generosa con él: por un lado elogiaron su labor compositiva en una secuela musical, siguiendo el mismo patrón del primer disco tubular, pero con ciertas variaciones compositivas a lo largo de nuevo álbum. Por otro, lo acusaron de autoplagiarse descaradamente en Tubular Bells II, repitiendo la misma fórmula del año 73 con menos acierto.

De todas maneras, Tubular Bells II fue otro hito en la carrera musical de Mike, que volvía a alcanzar así el número uno en Gran Bretaña y en España. El impresionante despliegue mediático que se hizo del disco (mayormente en territorio español, gracias a cadena Los 40 principales), también contribuyó positivamente al enorme éxito que cosechó el álbum.

Un día mapeé un tema dance en mi Macintosh y lo mezclé con el tema tubular y… funcionó.

Mike Oldfield, durante 1998 antes de un concierto de Tubular Bells III.

En los albores del nuevo milenio, Mike volvió a hacer sonar sus campanas tubulares, mayormente por la “pobre” recepción comercial que obtuvieron los dos álbumes que le sucedieron a Tubular Bells II, a saber: The Songs of Distant Earth (Warner, 1994) con 750 mil copias vendidas y Voyager (Warner/WEA, 1996) con 600 mil, resultados que no fueron los esperados por la discográfica.

Por aquellos años, el señor Mike Oldfield, que quizás estaba envejeciendo demasiado rápidamente, residía en Ibiza y aquello fue definitorio para enfocar la tercera parte de su serie de álbums tubulares. Decidió actualizar tanto su imagen como su sonido: su recortada melena rubia “pelo pollo” se combinó a sus sonidos claramente orientados a la música dance, confiriendo a las nuevas composiciones compiladas en Tubular Bells III, un gusto por la música de baile propiamente ibicenca. Esto fue muy duramente criticado por sus fans de siempre, que vieron como Mr. Oldfield se alejaba claramente del rock progresivo que le hiciera popular en su pasado.

Ciertamente, esta es la pieza menos valorada de las tres por ese cambio de rumbo en su sonido, pero la verdad es que Mike siempre ha estado experimentando con sus melodías. También se dijo que este era su disco más femenino de todos cuanto había compuesto por la fuerte presencia de féminas tanto en su formación en vivo como en las secciones vocales del álbum: allí encontrábamos a Rosa Cedrón que entonó la canción “The Inner Child”, Cara Dillon y Heather Burnett que interpretaron “Man in the Rain” o Clodagh Simonds y Francesca Robertson que interpretaron “Far Above the Clouds”.

Tubular Bells III variaba constantemente: del ambient rock (e, incluso, del chillout) pasábamos a piezas más en la onda al art rock para luego presentarnos canciones puramente pops (de enormes concomitancias con aquellos éxitos suyos ochenteros como “Moonlight Shadow”) y, al final del disco, nos encontrábamos con alguna que otra pincelada a lo hard rock en su tema central, “Far Above the Cloulds”. Todo ello no fue demasiado bien recibido pero, pese a todo, Oldfield cosechaba cuatro discos de platino en nuestro país y uno de oro de Reino Unido.

Estoy pensando en hacer un “Tubular Bells IV”, simplemente porque es adictivo.

Mike Oldfield, durante la promoción de Return to Ommadawn en 2017.

Por todo lo dicho, las excesivas reapariciones de las campanas tubulares de Oldfield —no hemos mentado en esta entrada ni The Millenium Bell (Warner, 1999) ni Tubular Bells 2003 (Warner, 2003)— quizá han ido mermándole potencia y frescura a su original.

Pero desde 2013, el propio Oldfield ha ido especulando con una cuarta parte de su famoso tubo, atención… ¡en forma de precuela! Entonces se desató la histeria entre los seguidores del músico de Reading, pero ese rumor se disipó tras la aparición de Man on the Rocks (Virgin EMI, 2014). Tres años después editaría Return to Ommadawn (Virgin EMI, 2017), la que hasta el momento es su última obra musical. Y, hasta la fecha, sin ninguna noticia más al respecto de Tubular Bells IV… ¿Nos regalará Mike su tetralogía tubular antes de morder el polvo…?

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